En el cel de Madrid. Despacho de Ramón

Madrid és una ciutat amb noms estranys. Alguns noms de carrers sempre m’han agradat per l’exotisme: Calle de Salsipuedes, Plaza del Conde del Valle de Súchil (una plaça plena d’hospitals, on hi ha la llibreria Marcia Pons, que és el nom d’un poble de Nueva Vizcaya, ara Durango), Pasadizo del Panecillo. Altres no, massa noms de militars. Els dels barris: Lavapiés, El Pozo del Tío Raimundo, La Latina. Una ciutat d’esglésies estranyes. Un amic de Granada diu que quan era petit sempre es referia a la capital com aquella ciutat «con las iglesias tan feas».

Ahir al vespre veia el cel la nit de Madrid des de la terrassa de l’Hotel Suecia, refugi dels de Can Seix Barral quan anaven a la capital a discutir amb la censura.

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El cel de Madrid és sempre estupend. «Apoteosis entre cielo
y tierra de mi estudio junto a mi muñeca de cera», subtitulava Ramón una foto amb un maniquí.

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Josep Pla veia el cel de Madrid així: «baja a buscar a la tierra, que alarga el brazo y le ciñe la cintura. En otras comarcas, la tierra se alza en un impulso hacia el cielo. El color y la forma de estas nubes y de la luz de Madrid hace un poco tarjeta postal iluminada: estilizada, de una finura delicadísima, algo artificial, escenográfica, filtrada, limpia, precisa. Esta luz, este cielo, estas nubes, son el lujo de Madrid». O l’Azorín de Monòver: «La vida fluye incesable y uniforme; duermo, trabajo, discurro por Madrid, hojeo al azar un libro nuevo, escribo bien o mal -seguramente mal- con fervor o con desmayo. De rato en rato me tumbo en un diván y contemplo el cielo, añil y ceniza».

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Hem tingut uns dies de cel blau, últimes guspires de l’estiu. I avui diumenge fa un dia gairebé gris, els núvols tenyeixen el sol. M’atanso al centre cultural «Conde Duque». Que té un aspecte encara militar que espanta. «Aunque la mona…». Aquí hi havia «los mejores soldados en valor, costumbres, nobleza, confianza, robustez y presencia», la guàrdia de corps del rei. L’origen del nom sembla que sigui el nom del propietari del palau que hi havia hagut aquí: el conde de Aranda i duque de Peñaranda. I no el que malpensats tots, intuïm, l’Olivares.
Al pati hi ha un immens mercadillu vintage. I entre núvols i una temperatura suau, els passants escolten música, baden entre objectes semiantics. Allò que els italians en diuen el modernariato.
Entro al palau, amb aquest regust de l’arquitectura museística de Madrid, parets espesses de tres metres, de difícil adaptació als criteris moderns. Poca mobilitat, poca capacitat d’adaptació. Recordo la frase d’Oriol Bohigas sobre el «Sofidú» acabat d’inaugurar: «es más feo que el Escorial». Al segon pis hi ha el que queda del MAC, Museo de Arte Contemporáneo. Hi ha dos grans espais sota el títol general de «El museo portátil». Una brevíssima selecció d’art contemporani i el «Despacho de Ramón Gómez de la Serna». El curador escriu: «Lo portátil es un rasgo que entrelaza y define ambas salas y contenidos, promueve su carácter transitorio y afianza la idea de movilidad bajo la fórmula del museo dentro del museo».

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Ramón Gómez de la Serna va viure a molts indrets de Madrid. Per un bon coneixement de la ciutat necessitava canviar sovint de casa: Calle de las Rejas nº5 (ara és Guillermo Roland nº7), Cuesta de la Vega cantonada calle Bailén, calle de la Corredera Baja 29, calle Fuencarral, 35 i 37, calle de la Puebla nº11 (avi 9). Aquí és on muntà el seu primer despatx, que omplí d’objectes, fotografies, tot allò que anava trobant al Rastro, la platja última de la civilització i el cada dia. Després ho repetí a María de Molina nº44, torreón de Velázquez nº4, Villanueva 38. I ho va repetir a Buenos Aires.

El Rastro era la seva font d’inspiració. Com va escriure a El Rastro (1914):
«El Rastro no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mi síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad, y en el que se aglomeran los trastos viejos e inservibles, pues si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por estos trastos filiales.
Por eso donde he sentido más aclarado el misterio de la identidad del corazón a través de la tierra ha sido en los Rastros de esas ciudades por que pasé, en los que he visto resuelto con una facilidad inefable el esquema del mapamundi del mundo natural.»

Aquí al Conde Duque es pot visitar el que queda del despacho ramonià. Una petita meravella que concentra (encapsulates) el temps, el destí d’aquest gran escriptor, d’una originalitat rara, el del país i d’aquesta ciutat. Pelegrins sense rumb.

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Eduardo Alaminos López ha preparat un catàleg amb un assaig sobre Los despachos de Ramón Gómez de la Serna: un museo portátil “monstruoso” (Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 2014). En una nota cita un text de Sebastià Gasch. És un article publicat a La Gaceta Literaria (75, 1.2.1930) dedicat a Joan Miró, “Cosas vivas”, un article que duia una dedicatòria: «A Joan Miró, entusiasta de aquellos “ dessu de portes, peintures idiotes, décors, toiles de saltimbanques, enseignes, enluminures populaires, opéras vieux, refrains niais, rhytmes naifs”, que amaba Rimbaud». Gasch iniciava una defensa del mal gust i les coses ínfimes:

«Amo, cada día con más intensidad, las cosas vivas (…) Permutaría todos los kilómetros de pintura muerta por el misterioso escaparate de gomas del Arco del Teatro, por el alucinante rótulo luminoso de la calle del Este, por las boulevarsantes pinturas que decoran las paredes de una taberna de la calle Mediodía (…) Todas aquellas maravillas insignificantes del districto quinto barcelonés. Maravillas insignificantes, de una banalidad obsesionante (…). Hay que entregarse al elogio del mal gusto (…). Una de aquellas vulgares tarjetas postales de escenas napolitanas –de colorines flamantes y detonantes–, una de aquellas litografías de cajas de pasas o de habanos –aquellos horribles cromos que los artistas de todo el mundo han esgrimido siempre como detestables– me impresionan más fuertemente que las delicadas, aladas y etéreas realizaciones de los sublimes productores de finas armonías colorísticas.»

 

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En una altra pàgina del catàleg, el testimoni del diplomàtic xilè Carlos Morla Lynch, sobre la casa de Pedro Salinas i les seves col·leccions, completa el quadre:

«Pedro colecciona “cosas feas” que, en su casa, se transforman en motivos tan bonitos como decorativos”. Dice “que no hay objetos feos en la vida, que todo depende de cómo y dónde se les coloca y luego de como se les mira”. “Tiene, pues, dispuestos en diversos sitios –sobre mesas, consolas y estantes– cajas elaboradas con conchas, espejos cuyos marcos son también hechos con caracolas marinas, estrellas de mar secas, tarjetas de congratulaciones con palomas que se besan y corazones construidos con “nomeolvides”, bolas de cristal que al ser sacudidas desencadenan en su interior nevadas, jirafas de papel, paisajes pintados en pedazos de troncos de árboles. Hay también, en una concha de nácar que figura un barco, un niño de porcelana sentado al lado de un dedal. Y Pedro Salinas coge delicadamente con dos dedos cada uno de estos objetos, que califica de “maravillas” y de “preciosidades”. (…) Federico se ha acurrucado junto a un mueble que es una especie de caja larga sobre la cual ha sido colocada una cubierta de cristal. Pedro ha reunido en ella diversos productos del mar iluminados por una luz muy blanca… La charla fluye amena… como en un mundo de encantamiento, y sentimos paz en el alma en medio de esas “cosas feas” que son bonitas en este hogar modesto que nos parece más lleno de riquezas que cuantas puede contener un palacio».

Buscant informació sobre Ramón ensopego amb una curiosa pàgina web en la qual es parla amb veritables notícies falses de l’escriptora Carla Bodoni. Descobreixo un llibre del 1942 que no coneixia:

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El llegiré el dia dels innocents.

Recordant el cel de Madrid. Que Salinas descrivia tant i tant bé, pensant en aquesta senyoreta:

Los cielos son iguales.
Azules, grises, negros,
se repiten encima
del naranjo o la piedra:
nos acerca mirarlos.
Las estrellas suprimen,
de lejanas que son,
las distancias del mundo.
Si queremos juntarnos,
nunca mires delante:
todo lleno de abismos,
de fechas y de leguas.
Déjate bien flotar
sobre el mar o la hierba,
inmóvil, cara al cielo.
Te sentirás hundir
despacio, hacia lo alto,
en la vida del aire.
Y nos encontraremos
sobre las diferencias
invencibles, arenas,
rocas, años, ya solos,
nadadores celestes,
náufragos de los cielos.

(La voz a ti debida, 1933)

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