“Barbarie arquitectónica”

“Barbarie arquitectónica”, Lars. Cultura y Ciudad, (Valencia) 9 (2007): 79-80.

Barbarie arquitectónica

José Joaquín Parra Bañón, Bárbara arquitectura bárbara virgen y mártir, Cádiz: arquitectosdecádiz, 2007. 272 ps. Pvp: € 20,00

Al arquitecto, a este arquitecto, incómodo pensador, le gusta manejar vocablos de sentido oximorónico. Establecer largos elencos de sustantivos que se agrupan bajo la protección secular de una santa. O provocar asociaciones que nos dejan perplejos.  “Barbarie” significa rusticidad, falta de cultura, o bien fiereza, crueldad. De ahí podemos pasar a “barbarismo”, que abre otra serie de asociaciones, incorrección que consiste en pronunciar o escribir mal las palabras, o en emplear vocablos impropios; barbaridad (dicho o hecho temerario); multitud de bárbaros; extranjerismo no incorporado totalmente al idioma. Al girar las páginas del imponente libro de José Joaquín Parra Bañón, Bárbara arquitectura barbara virgen y mártir, todas estas acepciones y muchas más, asaltan la mente del lector. Este lingüista de la piedra, o arquitecto de la palabra, que ya estudiara elPensamiento arquitectónico en la obra de José Saramago, o lidiara con todo un Catálogo de esdrújulos, consigue demostrar dos tesis compatibles e innovadoras: que Santa Bárbara está en el origen de la arquitectura y que de la destrucción, del arrasar, más que construir y conservar, derivarán mayores beneficios que del kitsch y absurdo conservacionismo que domina nuestros pueblos y ciudades, destinados a convertirse en parques temáticos de la posmodernidad. Uno puede pensar en la genial boutade de Xènius en su primer Glosari, el de 1906, cuando escribía: “Quan la pedra ha devingut marbre, i quan el marbre comença a adquirir consciència de que és marbre, naix la Civiltat”.(131) Si este era el proyecto premoderno, ahora, en sus antípodas, valdría el planteamiento contrario. Volver a encontrar la civilidad en la degradación del mármol en piedra, hasta reintegrarse al polvo, ruina.

A veces la palabra, como viga en el ojo, puede hacer más para deshacer las ideas preconcebidas, el buenísimo cómplice de una sociedad (in)civil fundada en la explosión del ladrillo. Parra Bañón efectúa un largo recorrido de derivaciones: desde los sentidos literales y simbólicos de Santa Bárbara, una paciente y erudita reconstrucción de su iconografía y ramificaciones, hasta llegar a una dura reflexión acerca de su derivado: la “barbarie”. Hasta dieciocho razones aporta para justificar la asociación entre la santa y la arquitectura, una de las más notables, la torre de Babel, otra, la noción de catástrofe. Son lecturas iconográficas de cuadros esparcidos por museos de Occidente, o establecimiento de semejanzas que aclaran mitos antiguos y contemporáneos. Pero se demuestra también lector atento de la cultura popular, al reconocer presencias bárbaras en la muñeca “Barbie” o, mejor, en Varvara, la compañera de Rodchenko.

Porque este libro, que es una “reivindicación laica de Santa Bárbara”, tiene una intención desacralizadora: “intervenir quirúrgicamente en los márgenes la ciudad delirante.” El autor apuesta por una historia del silencio en arquitectura, de las renuncias y fracasos; apuesta por una arquitectura alejada del centro, por la única arquitectura contemporánea no estrictamente bárbara, la de las favelas y la de los suburbios. El libro se convierte así en una bienvenida matraca contra una arquitectura convencional “contemporánea y pueril, albina y bizca”, que aspira a la virginidad, poco atenta al entorno. Y alcanza conclusiones refrescantes: “Santa Bárbara no es la patrona de la ciudad: es la patrona de la acrópolis, del obelisco y de la columna trajana, del mojón geodésico y del menhir, de la torre de alta tensión y de la torre de control y, acaso también, de la torreta de los carros blindados. Es patrona de las arquitecturas aisladas y encerradas en sí mismas; de las arquitecturas autistas y de las ruinas de la arquitectura.” (135)

En un texto anterior José Joaquín Parra Bañón proponía leer el tratado Hypnerotomachia Poliphilicomo quien come una alcachofa (la flor más grata a Venus): deshojarlo hasta alcanzar su corazón. Así se debería leer este tratado bárbaro: de amor a las piedras, a su orden y destrucción, a su simbología. Puesto que el libro es un “intento benigno y obsceno de introducir un escrúpulo en el interior de la arquitectura más tórrida e indigesta.”

Alain de Botton en The Architecture of Happiness (2006) sostiene la tesis de que la arquitectura aporta la virtud del equilibrio, la cual se logra cuando los arquitectos saben mediar entre viejo y nuevo, natural y artificial, lujo y sobriedad, masculino y femenino. Frente a un conformismo acrítico, no es esto lo que postula Parra Bañón. La suya es una especulación que limita con la diatriba, que nos regresa a los orígenes simbólicos de la edificación y nos interroga acerca de sus tan abundantes (sin)sentidos.

 
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