Campus universitarios: deriva y simulacro

Campus universitarios, deriva y simulacro

Por pasión y profesión, entre el vicio del paseante curioso y la virtud de la pedagogía, he deambulado en los últimos años por varios campus norteamericanos, campos abonados del saber, campos de la variedad, islas de la calma, refugios (ghettos) de la inteligencia amenazada, metas (como indica tópicamente la última novela de Tom Wolfe) del ardor. En todas mis visitas y estadías, he tenido siempre una reacción ambivalente: de envidia por una experiencia que no tuve como estudiante en mis años mozos; de estupor ante el automatismo de ciertos gestos y la subutilización de espacios tan extraordinarios. El campus universitario anglosajón es una isla alejada del tiempo en el espacio. En Brown University, por ejemplo, la puerta central sólo se abre en dos ocasiones: el primer día del curso, cuando los nuevos estudiantes desfilan bajo su arco; y el último día, en el momento de la graduación, cuando los estudiantes abandonan para siempre el recinto académico. Este abrir y cerrar es un signo fuerte de hasta qué punto se trata de un recinto al margen del mundo.

El campus ha generado una variedad de textos en la intensa relación entre urbanismo y literatura, la novela de campus, la cual tiene una sólida tradición en las letras inglesas, gracias a Nabokov (en un magistral ridículo Pnin) o David Lodge, quien distingue entre “campus” y “varsity”, es decir, el modelo norteamericano o el del Oxbridge inglés. Son estas visiones críticas, corrosivas de una realidad, con frecuencia desde la vieja Europa, mitificada. Los altos ideales de la institución se desmoronan cuando uno se fija en detalle en el comportamiento y las motivaciones de las personas que trabajan en ellas, los cuales son sólo seres humanos y, por tanto, sujetos a las bajezas más innobles, a los deseos egoístas, y están regidos por el dios de la ambición. A causa del carácter elevado, casi sagrado, de la institución, el contraste entre ideal y realidad es más marcado. Quizá por eso cualquier paseo por el campus despierta en mí tantas sensaciones contrapuestas: de admiración y envidia, de reposo y agobio.

Entrar en un campus, pasear por él, es experimentar una extraña sensación: de frenesí entre horas, cuando los estudiantes cambian de aula; de frenesí los fines de semana, cuando se celebran las fiestas bacanales, con gran horror de los vecinos que viven en las casas colindantes. Los jardines, diseñados algunos, como los de Stanford o Wellesley College, por Frederick Olmsted, el arquitecto que realizó Central Park, ofrecen miríadas de recorridos, vericuetos del (des)encuentro, zonas para el ejercicio programado de la deriva, que en todo parecen a los de una ciudad. Pero al mismo tiempo, en el paseo del campus experimentamos sensaciones que son también colindantes a las del simulacro a la Baudrillard.

En los campus de las universidades norteamericanas se puede practicar sin cortapisas uno de los procedimientos predilectos de los situacionistas, la deriva. Esta consiste en una técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos. El concepto de deriva está ligado a la relación de naturaleza psicológica y espacial con el entorno, y a la fuerza de un comportamiento lúdico-constructivo, por lo que es bien distinta de las nociones clásicas de viaje y de paseo. El carácter consciente de la deriva es lo que la distingue del flanneur baudelaireano. Una sugestiva variante de la deriva es la “cita posible”, que algunos relacionan con una frase de Cortázar en Rayuela: “andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Los estudiantes y profesores “derivan” del aula a la biblioteca, delFaculty Club a la cafetería estudiantil. Ahí nacen diálogos, amores, amistades eternas, en recorridos generados por la necesidad: del horario o la curiosidad intelectual y humana, o de las ganas de encontrar al Otro.

Por otra parte, pasar por y vivir en los campus, genera un extrañamiento del tiempo del presente y nos lanza, como ya nos advirtió el sagaz y especulativo Jean Baudrillard, a un abismo de la representación. En Simulacres et simulation Baudrillard describe el movimiento de la “representación” (de algo real) a la “simulación” (sin referencia segura a la realidad), alterando de modo brutal la conexión entre signo e imagen. Podríamos afirmar que, del mismo modo que la simulación infantil de la realidad y la historia que es Disneylandia da prestigio a la “realidad” de Los Angeles, los campus son una especie de parques temáticos del saber, simulación de estilo neogótico que recuerda más bien el Castillo de Otranto de Walpole, donde lo real distante es la antigua academia, el nombre dado por los atenienses a un paseo plantado de plátanos y olivos, en un principio gimnasio, que fue legado a la república por Academo, un contemporáneo de Teseo. El campus de la Universidad de Virginia, pensado por Thomas Jefferson, cumple a la perfección con este modelo de tradición clásica, en una nueva operación de inventarse la tradición. La Rotonda de Charlottesville preside dos hileras de edificios: dormitorios y aulas. Del espacio real y mítico, nos arrastramos hasta el lugar del simulacro, del saber y aprender.

El campus es lugar de paseo y ficción del mundo. Pero es también isla alejada del mundo, una torre de marfil para jóvenes mentes. Este carácter viene subrayado por el hecho de que es un lugar donde el tiempo se cuenta por semestres y años académicos, que principian en septiembre, y donde se practica un juego de roles, se “juega” a aprender a ser mayor. A Pinocho le explican el “país de los juguetes” así: “En aquel bendito país no se estudia nunca. Los jueves no hay escuela, y todas las semanas tienen seis jueves y un domingo. ¡Figúrate que las vacaciones de verano empiezan el primer día de Enero y terminan el último de Diciembre!” Se produce, en efecto, una parálisis y destrucción del calendario, y se abre una relación entre juego y rito: “el rito –explica Agamben en Infancia e storia– fija y estructura el calendario; el juego, al contrario, lo altera y destruye”. Fuera de la realidad del mundo el paisaje del campus crea un espacio ideal y traumático del que los estudiantes ya no se recuperan: pasarán el resto de sus vidas dando dinero a su “alma mater”, recordando las nieves de antaño, cuando jugaban a ser felices bajo el rito del estudio en un espacio inspirado en la Grecia clásica o en un gótico decorado con enredaderas (la Ivy League) que cubren edificios (falsos castillos y campanarios) inspirados por Ruskin y Violet Le Duc.

El campus es isla, espacial y temporal, lugar para el estudio. Un espacio que no tiene correspondiente en el sistema universitario español, salvo en la mitificada hasta el exceso Residencia de Estudiantes. En años recientes con la proliferación de nuevas universidades, los mejores campus españoles (Carlos III, Pompeu Fabra, Alacant) son los asentados en antiguos cuarteles y bases de aviación. Un curioso cambio de función que, esperemos, afectará al órgano. Son el escenario para una nueva versión del simulacro y la deriva.

Enric Bou

Lars. Cultura y Ciudad, (Valencia) 5 (2006): 6.

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Brown University

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University of Virginia

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Universitat d’Alacant

 

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